Tendencia. Las biografías de mujeres de la historia son un boom en la escena teatral

Nunca faltan ni faltaron. Ausentes, jamás. Si los grandes relatos las obviaron fue sólo cuestión de edición, esa tarea de desmalezar lo superfluo ancestralmente realizada por los comisarios de lo importante. Pero por más llaves que le pongan, la historia siempre es joven y amiga de la mirada presente: ocultar a las mujeres o relegarlas a papeles secundarios no es más parte del sentido común. Rescatador de silencios, el teatro se sumerge en ese arcón sin fondo repleto de eslabones perdidos, de incumplidos deseos y delitos impunes, de voces que buscan el grito. En el escenario, cobran cuerpo, peso, color, un abanico de razones y, tal vez, lo que nunca tuvieron, algo de justicia. Brotan, imparables, las obras sobre mujeres cuyos nombres retumban: algunas muy famosas y transitadas, otras ninguneadas o apenas mencionadas como un apéndice. Pero todas hablan a este presente que quiere escucharlas.

“Quería indagar lo que está sucediendo entre nosotras, en esta coyuntura y en los cambios que estamos manifestando en los roles familiares y sociales y en todo lo que nos interpela. Más allá de la época, no somos tan diferentes, hubo muchas precursoras. Creo que el feminismo no nació con nuestras generaciones sino que ahora es visible y colectivo, pero tenemos muchas antecesoras, conocidas o no, que han luchado estruendosamente o en silencio”, dice Stela Camilletti, autora de Madame Lynch, la flor trasplantada, sobre la irlandesa Elisa Lynch (que interpreta la actriz Analía Yáñez), inseparable compañera del presidente de la República del Paraguay, Francisco Solano López, de quien no se alejó hasta su muerte en el campo de batalla, durante la Guerra de la Triple Alianza. Rechazada por ser divorciada, fue embargada y deportada a París. Hoy es considerada una heroína nacional en el país hermano.

El unipersonal es, en general, el formato elegido para estos personajes femeninos con tanto fuego, como si esta vez la oportunidad de hablar no pudiera ser opacada por ninguna otra voz. Como en el caso de Camilletti, también es el elegido por las dramaturgas Adriana Tursi y Cristina Escofet, ambas con sendas obras en cartelera. Autora de Ay, Camila y de Yo, Encarnación Ezcurra, Escofet se define como “una Artemisa de la escena, con arco y flecha. No escribo sobre mujeres sino que escribo mujeres, armo vidas, soy feminista desde la cuna. Porque el feminismo es una actitud de desafío ante un mundo repleto de ‘noes’, de relaciones desiguales. Y en la misma proporción van los desafíos’’. Su Camila se presentó el año pasado con dirección de Laura Formento –que hoy dirige Madame Lynch– y ahora, en otra puesta, con la actriz Carla Haffar (Tangueras de radio) y la dirección de Pablo Razuk: “Camila O’Gorman es un referente. Fue una de las mujeres de la historia argentina silenciada de la peor manera. A pesar de que sólo se conoce su historia de amor con el sacerdote Uladislao Gutiérrez, fue mucho más que eso. Enfrentó todos los poderes conocidos: a su familia tradicional, a la iglesia y al poder del Estado en manos de Juan Manuel de Rosas. Las familias conservadoras de la época no podían permitir que una niña de alta sociedad rompiera todos los moldes y mostrara que una forma distinta de andar la vida era posible. Camila representa las luchas de la Mujer. Las logradas y las pendientes, y es un manifiesto de rebeldía que aún se pone en juego contra toda la violencia de los poderes, que no casualmente, dominan los hombres”, dice sobre un personaje muy reconocible para distintas generaciones, tanto por la película de María Luisa Bemberg, con Susú Pecoraro e Imanol Arias, en 1984, como por el musical del director Fabián Núñez, con Natalie Pérez y Peter Lanzani, en 2013.

Por su parte, Tursi es la autora de Felicitas, o las niñas mudas, con Geraldine Farhat, y de Remedios, una mujer sin patria, con Antonio Bengoechea; en un caso, el femicidio de Felicitas Guerrero en 1870 por un hombre que decía amarla y, por otro, el de la esposa de José de San Martín, obligada por él a llevar su ataúd desde Cuyo hasta Buenos Aires. ”Lo que traté es rescatarla del lugar histórico de ‘mujer de’, preguntarme por ella más allá de San Martín, y hacerla cercana como si fuera mi madre, mi abuela, yo misma, traerla a mi lado para que sea cercana a la actriz y al público, para que no tenga ninguna solemnidad. También trato de no caer en ningún lugar común, sacarla del imaginario popular creado por hombres y que el teatro permite revisionar, permite que nos metamos con un ídolo nacional como San Martín y nos preguntemos por esa chica de 14 años casada con ese gigante. Es un material poderoso que, sin duda, la época lo interpela y revisiona”, dice la directora Corina Fiorillo que sumó en escena, además de la actriz, al músico Tomás Pol.

Para Tursi, el teatro es el espacio dónde pasado y futuro se unen bajo una interpelación y el personaje elegido es una forma para traer ese pasado y abrir un dialogo en este presente, con el anhelo de repensar lo que se viene: “Se trata de mirar la historia desde otra perspectiva, preguntándome qué fue lo que hicieron aquellas mujeres que nos antecedieron, con que conflictos tuvieron que lidiar, observando si se repiten esos conflictos, si seguimos padeciendo algo de aquello y de qué modo lo padecemos. Esta última pregunta es la que actualiza la historia a trabajar, algo fundamental porque si no la historia nos queda lejana, es una historia que no nos interpela y es sólo pura anécdota”.

La figura de Remedios de Escalada es también invocada por otra de las obras del presente pero desde un lugar muy distinto que el de Tursi. En Damas bravas, que no es unipersonal sino una obra con cinco actrices que manejan la comicidad, el clown, la acrobacia y la música, el autor y director Alfredo Allende toma algunos datos reales pero construye una comedia, casi un vodevil. “Nos situamos en la Navidad de 1816, fecha en la que ella tomó la tarea de confeccionar junto a otras damas una bandera para el Ejército de los Andes. En medio de la costura, el humor aparece cuando entra en ataques de tos, pierde la cabeza y acusa a todas las personas que tiene alrededor de realistas, de opresoras, de invasoras. Por otro lado, mostramos la soledad en la que vive desde que su marido se ha instalado en el Plumerillo para preparar la expedición, además de dedicarse a gobernar Mendoza. Es la orgullosa esposa del general, pese a estar rodeada de damas que no lo respetan mucho. Pensemos que San Martín imponía fuertes tributos, confiscaba animales y se llevaba los peones a sus filas. Es Remedios quien lo defiende, repite sus máximas y hasta cierra la obra con la frase más bella que conocemos de él: ‘Seamos libres y lo demás no importa nada’”, dice sobre estas damas interpretadas por Florencia Patiño como Remedios más Mirna Cabrera, Julia Nardozza, Flor Orce y Florencia Pineda como una criada mapuche, una monja española, una viuda chilena y una dama mendocina.

Eva Perón

Una nota aparte podría dedicarse íntegramente a las Evitas de la ficción, tanto del audiovisual –donde resulta todavía inolvidable la actuación de Esther Goris en el film de 1996 de Juan Carlos Desanzo y libro de José Pablo Feinmann- como en el teatro: Nacha Guevara en el musical de Pedro Orgambide y Alberto Favero; Eva y Victoria, de Mónica Ottino, varias veces montada con distintas protagonistas desde el estreno a fines de 1991(con Marilina Ross y al poco tiempo, Luisina Brando, siempre frente a China Zorrilla); y, entre otros, el unipersonal Bastarda sin nombre, también de Escofet, con Roxana Randón y dirección de Javier Margulis, estrenada en 2011 y siempre de regreso hasta hoy.

A Eva Perón no sólo se la reunió -y comparó– con la Ocampo. También con Mariquita Sánchez de Thompson, este año, en Rebeldes en el limbo, de Lorena Basso. Y con Frida Kahlo y Simone de Beauvoir en Ser ellas, la obra de Erika Halvorsen sobre el encuentro de estos tres universos femeninos transversales a generaciones y fronteras, juntadas a debatir acerca de la vida y la política, primero como personajes históricos y después, desde las actrices que las encarnan e imaginan el estar en esos zapatos ante cada encrucijada.

“Todos tenemos una Eva, el imaginario, la representación simbólica es muy fuerte e interpretarla es competir con todo ese bagaje. Abordarla es un recorte porque es ficción pero inspirado en ella y por eso te documentás, vas a las fuentes e incluso a otras Evas de ficción, todo nutre. El costado que más tomé es el de la bastarda, el resentimiento y la dignidad como caras de la misma moneda, ese es su fuego, el motor, la reivindicación propia y de los que son como ella”, dice la actriz que la protagoniza, Ana Celentano, a quien acompañan Fabiana García Lago (antes Julieta Cayetina) como la artista mexicana y Anabel Cherubito como la intelectual francesa: tres íconos que la obra saca de ese lugar para humanizarlos. Estrenada en 2016 con dirección de Adrián Blanco, este año quedó a cargo de su asistente Carolina Perrotta, debido al fallecimiento del director en 2021.

Hasta el fondo de los matices del personaje Eva Perón es donde se planta Potranca, el galope de la historia, de Mariela Asensio, espectáculo surgido como producción de la Universidad de las Artes en 2016, que fue parte de los festejos por el Centenario de Eva en el Museo Evita en 2019 y que ahora vuelve a la sala del Celcit.

“Son trece actores y actrices que se ponen a indagar sobre esta figura y encuentran muchas aristas, la van descubriendo en sus diferentes etapas, dejando aflorar distintos costados de su personalidad. Pero la Eva en la que más pongo el foco es en la más combativa, más cercana a los trabajadores, la que está a la izquierda del peronismo y luchaba por lo que creía. Y que por eso se convirtió, a mi parecer, en una enorme figura de la historia”, dice Asensio.

Tan lejos tan cerca

Juana la loca, Juana de Arco, Camille Claudel: tres unipersonales se meten en los zapatos de estas mujeres del otro lado del Atlántico, cuyos nombres de manual escolar son más conocidos que su verdadera historia. Salvo -y apenas– en el caso de la escultora francesa, discípula, musa y amante de Auguste Rodin a fines del siglo XIX, nadie puede saber cómo fueron las Juanas. A las tres, el teatro porteño les da voz.

Con muchas versiones cinematográficas (dirigidas por Carl Dreyer, Victor Fleming, Roberto Rossellini, Otto Preminger, Luc Besson, entre otros, y dos veces interpretada por Ingrid Bergman) en teatro también Juana de Arco ha tenido presencia desde la villana que construye William Shakespeare en Enrique VI; el drama romántico La doncella de Orleans de Friedrich Schiller; Santa Juana, de George Bernard Shaw y Juana de Arco en la hoguera, de Arthur Honegger (que hizo la actriz francesa Marion Cotillard); y a principios de este siglo, The second Coming of Jean of Arc, de la dramaturga Carolyn Gage donde aparece una Juana de Arco muy en diálogo con el presente de las mujeres, fuera del mandato heteronormativo. En este momento, en el off se presenta Juanas de fuego, de Carolina Vilar y dirección de Mariana Morales.

“Juana de Arco fue una mujer guerrera que frente a todos los conflictos que atravesó en su vida, la traición de los suyos, la soledad, la muerte en la hoguera, nunca dudó y mantuvo su convicción, fuerza y valor, esa fe le daba a ella el valor que tenía. Siempre me cautivó, es personaje muy interesante de abordar desde lo actoral lleno de matices”, dice Vilar, la autora y actriz que encarna tanto a la del medioevo como a otra Juana, una mujer de este tiempo que en la identificación con el personaje histórico encuentra la fuerza para pelear por su felicidad. Ambas, para Vilar, atraviesan los mismos conflictos: la búsqueda de identidad, el aferrarse a un ser superior en los momentos más difíciles, los roles asignados, “son mujeres rebeldes que salen a buscar su propia voz”.

No tan lejana temporalmente a la anterior, otra Juana, la española, “la loca”, del siglo XVI, fue la inspiradora del texto de Pepe Cibrian que Ana Padilla quiso dirigir ni bien lo conoció. La obra la protagonizó Patricia Palmer, hace casi una década, y después, en 2019, Nicolás Pérez Costa, siempre con dirección de Cibrián Campoy quien, a su vez, en mayo de este año la interpretó leída en el teatro Real de Córdoba.

“Es un monólogo pero con varios personajes: su madre, Isabel la católica; su nieto, Felipe II; su nana y marido y amor, Felipe El Hermoso, es decir, se mete la pata en la historia pero sobre todo en Juana que habla de cosas muy actuales. Fue un salto a la pileta total porque yo no conocía a la actriz, María Seghini, pero fue mágico lo que sucedió porque se entregó a lo que proponía, fluyó, todos los que la hicimos nos volvimos un poco Juana, un poco locas, aunque no estaba tan loca sino que fue un manejo para quitarla del poder, algo tremendamente actual”, dice Padilla sobre la lectura del presente. A Juana la encerraron durante 46 años, la traicionaron los más cercanos para sacarle lo que le pertenecía por herencia legítima. “Estamos mucho mejor, por supuesto -agrega-, pero sabemos de qué se trata. Y los celos que sentía, indudable, pero no estaba loca. El teatro, y es lo que me fascina, es sanador.”

Con texto de Hugo Barcia, Manuel Callau dirige a Zuleika Esnal en Camille, la maldita, la talentosa escultora que, se dice, fue copiada por Rodin pero sin obtener su reconocimiento y que terminó los últimos 30 años de su vida sola y encerrada en un manicomio por su hermano Paul Claudel.

“Esta obra desde la primera lectura me golpeó y me relacionó con la lucha de las mujeres hoy, lucha en la que confío como única posibilidad de cambio en el mundo. Fue un desafío porque me enfrentó con mi propio machismo y autoritarismo, siempre en el arte cuando se lo aborda uno mismo es el interpelado, uno mismo entra en contradicción y eso me atrapó y es lo que busqué que le pasara a los espectadores. Y me apoyé en Zuleika, una fiera, una actriz salvaje para construir a esta mujer que tuvo que subir montañas, ella tiene todo el mérito, es revelador lo que hace”, dice Callau que estrenó este unipersonal en enero y continúa en marcha. No exagera Callau porque el trabajo de Zuleika es demoledor. “Camille pudo ser cualquiera de nosotras, la encerraron por elegir lo que quería hacer y ser consecuente. Hoy no habríamos permitido que Camille pasara tantos años en un manicomio como no permitimos la cárcel para Higui por defenderse de una violación, por eso es fácil conectar con esa opresión”, dice Esnal sobre su apasionada Camille que en cine hicieron Isabelle Adjani, en 1988, y Juliette Binoche, en 2013.

Alrededor de once años, a comienzos de la Primera Guerra Mundial, tenía Anaïs Nin, escritora francesa de padres cubano-españoles, cuando comenzó sus diarios íntimos, actividad que continuó durante mucho tiempo y que inspiraron gran parte de la literatura erótica femenina. Anaïs, el deseo consumado –que no es un unipersonal como las anteriores–, la obra de Lázaro Droznes y dirección de Virginia Lombardo, explora la vida artística y amorosa de Anaïs, en especial con su marido Hugh Guiler (interpretado por Esteban Coletti ), el escritor Henry Miller (Julián Belleggia) y su mujer June Mansfield (Fiorella Camji), con su analista Otto Rank (Emiliano Díaz) y el incesto con su padre Joaquín Nin (Alfredo Martin). La protagonista está en manos de Thelma Fardin que conocía a Anaïs por la película Henry and June (Philip Kaufman, 1990) pero no la había leído hasta este desafío, como lo llama, de ponerse en la piel de una mujer real, que existió y que dividió aguas: “Fue muy disruptiva para su época, ninguna escribía así ni tenía esa potencia. Su faro era concretar sus deseos sin lastimar a nadie pero de un modo inusual para una mujer casada. Lo más vertiginoso fue trabajar el vínculo con el padre y no caer en lugares comunes del erotismo. Abordar a personajes históricos nos obliga a no juzgar a los personajes desde nuestra óptica actual sino entenderlos en ese contexto”, dice la actriz, todavía en proceso de ensayo ya que estrena el viernes 23.

Para el autor Droznes, “las mujeres están de moda, porque están cambiando el mundo y la manera de ubicarse en la sociedad. Anaïs representa a la pionera. a la adelantada, la que se animó a circular por terrenos que nunca nadie había explorado. Es un ejemplo inspirador para las mujeres. Si Anaïs lo hizo, todas pueden. Por eso escuchamos historias ajenas, porque nos ayudan a escribir el guión de nuestra propia historia”: seguramente, la más precisa síntesis de toda esta nota.

PARA AGENDAR

Juana la loca, de Pepe Cibrián Campoy y dirección de Ana Padilla. Domingos, a las 11.30. En Patio de actores (Lerma 568). $ 1200.

Remedios, una mujer sin patria, de Adriana Tursi, dirección de Corina Fiorillo. Lunes, a las 21. En Itaca (Humahuaca 4027). $ 1400.

Anaïs, el deseo consumado, de Lázaro Droznes y dirección de Virginia Lombardo. Viernes, a las 20 (a partir de 7de octubre, a las 22). En Teatro Border (Godoy Cruz 1838). $ 1800.

Ser ellas, de Erika Halvorsen y dirección de Adrián Blanco. Viernes, a las 20. En El tinglado (Mario Bravio 948). $ 1500.

Juanas de fuego, de Carolina Vilar y dirección de Mariana Morales. Domingo, a las 16. En La Mueca (José Antonio Cabrera 4255). $ 1200.

Camille, la maldita, de Hugo Barcia y dirección de Manuel Callau. Viernes 21.30. En El tinglado (Mario Bravo 948). $ 1500.

Ay, Camila, de Cristina Escofet y dirección de Pablo Razuk. Sábados, a las 20. En Korinthio teatro (Charcas 2737. 1º A). $ 1200.

Damas bravas, de Alfredo Allende. Viernes, a las 2030. En Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543). $ 1200.

Madame Lynch la flor trasplantada, de Stela Camilletti y dirigida por Laura Formento. Viernes, a las 21.30. En Tadrón teatro (Niceto Vega 4802) . $ 1000.

Potranca, el galope de la historia, de Mariela Asensio. Domingos, a las 17. En Celcit (Moreno 431). $ 1000.

Felicitas, o las niñas mudas, de A. Tursi y dirección de Zaida Mazzitelli. Sábados, a las 21.30. En El Jufré (Jufré 444). $ 1200.

Bastarda sin nombre, de C. Escofet y dirección de Javier Margulis. Sábados, a las 19. En Mil80 Teatro (Muñecas 1080). $ 1600.

Yo, Encarnación Ezcurra, de C. Escofet y dirección de Andrés Bazzalo. Hoy, a las 19.30. En Casa del Bicentenario (Riobamba 985). Gratis.

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